Rosi Gutiérrez La mayor riqueza de la Iglesia es sin duda el Amor, amor que Dios nos da a raudales sin medida. Y sin lugar a dudas una de las manifestaciones más claras de ese amor son los misioneros. Siempre que pienso en gente perteneciente a distintas “oenegés” que de manera altruista trabajan y viven dando lo mejor de si mismos en territorios como África, Asia, Hispanoamérica… que están necesitados de lo más básico, de todo lo que tú y yo damos por hecho desde que nos levantamos, ¡qué digo!, ni siquiera somos conscientes de esas cosas porque “están ahí” y son ya para nosotros como el aire. Están simplemente.

Pues bien yo defino a esas personas como héroes, buenas personas, hacen lo que hacen porque lo sienten, obligado nadie va. Yo me veo tan lejos de ese don. Conozco a algunas de esas “extraordinarias” personas, normalitas no creas, no tienen ningún rasgo sospechoso. La primera vez que van incluso lo hacen con un poquito de miedo o recelo. Vuelven entusiasmados y ¡deseando volver! ¿Cómo es posible con la realidad que describen? Pues no mienten, les rodea un halo que antes no tenían, algo (alguien) tira de ellos, “como un fuego en su corazón”.

Pues bien cuando todas esas personas deciden regresar, irse porque la situación en ese lugar se vuelve insostenible, peligrosa para su vida, decisión que no les quita mérito, es algo humano el instinto de sobrevivir, y siempre que queda poder volver, repito cuando eso ocurre, ¿quiénes quedan? ¿Quiénes permanecen? Los misioneros religiosos, la Iglesia. ¿Cómo no voy a sentirme orgullosa de estar en ella? ¿Cómo no voy a sentirme agradecida porque no siendo yo “capaz” sus méritos son también míos, de todos? Porque eso es lo que tiene esta familia que es la Iglesia, la comunión de los santos. Lo malo nos salpica y enturbia, pero las luces lo iluminan todo. A lo “bestia” dice una amiga mía.

Hoy estoy triste con todos porque al final no pudo ser y el sacerdote y cirujano Manuel García Viejo ha fallecido por la enfermedad del Ébola. Es de los que decidió quedarse hasta el final. Pero también alegre, porque tenemos un nuevo campeón en el maratón hacia el cielo. Era berciano, nacido en esta diócesis de Astorga, tan grande, tan compleja y tan pobre últimamente en vocaciones religiosas y sacerdotales, pero somos ricos en misioneros, muy ricos. Es algo para sentirnos orgullosos. Esta tierra ha dado muchos frutos, buenos frutos que a su vez son garantía para una nueva sementera, habrá nuevas cosechas. No lo dudo.

El padre Manuel García hizo suya la entrega de Jesús, que se vació totalmente del amor de Dios para que todos pudiéramos tener Vida. Eso sólo es posible vivirlo si tienes un corazón no sólo generoso, sino agradecido por la confianza que tuvo Dios al designarlo para su servicio. Así viven y sienten todos los sacerdotes, religiosos y misioneros. Hombres y mujeres que reciben la mejor de las medallas, porque para todos ellos lo importante es llegar a la meta sin perder de vista el camino.
Estoy segura de que el padre Ángel ya ha escuchado: “MUY BIEN SIERVO FIEL, PASA AL BANQUETE DE TU SEÑOR”.

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